—Aquí no. Si mi madre nos ve… va a incendiar la ciudad.
Murmura, grave.
—¿Y qué? ¿Le tienes miedo?
Pregunto, tocando justo donde duele. Frunce el ceño pero no retrocede.
—No es miedo. Es respeto.
Ese respeto es su ruina y mi ventaja.
—Entonces dejémoslo así.
Digo, soltándolo. Doy un paso atrás, pero no llego lejos. Su mano rodea mi muñeca con una fuerza contenida, medida. Esa fuerza que nace justo antes de que un hombre pierda el control.
Me jala hacia él y me besa. El beso llega como una decisión tomada hace mucho. Tiene sabor a decisión, a deseo, a peligro. Me muerde el labio apenas, como quien tantea la frontera entre el autocontrol y la entrega.
—Vamos a mi cuarto.
Susurra, todavía pegado a mi boca.
—No. O aquí… o nada.
Respondo sonriendo. Entonces ocurre. Se quiebra de la forma más hermosa. Lo empujo suavemente contra el escritorio de Grecia. Sus manos me buscan de inmediato, urgentes, temblorosas, como si llevaran días esperando permiso para existir.
Me acerco y lo rozo. Lo siento reaccionar bajo la tela: caliente, vivo, imposible de ignorar. Exhala un gemido bajo que se ahoga entre nuestros labios. Desabrocho su cinturón despacio, saboreando cada segundo de su rendición. Su respiración es un incendio contenido.
Cuando lo libero, la mandíbula se le tensa y sus manos no saben dónde ir. Se muerde el labio, y ese gesto me atraviesa como un disparo. Me acerco a su rostro y respiro cerca de su oído, sintiendo cómo se eriza su piel bajo mi aliento.
Bajo por su mandíbula, la muerdo con delicadeza, con la certeza de provocar. Recorro su cuello, lo beso, absorbo su aroma: dulce, cítrico, con un rastro de madera. Huele a hombre despierto, a piel caliente, a deseo sin filtro.
Busco su boca, la abro… pero cuando intenta tomarme, me retiro apenas. Lo miro. La oscuridad en su cara ya no intenta ocultarse. Pero mi boca desobedece y se entrega. Su beso me posee entera. Mientras su boca parece querer quedarse con mi alma, mis manos lo toman desprevenido, lo recorren, lentas, conscientes, decididas a tocarlo todo.
Mi mano izquierda desabrocha su camisa y mi lengua sigue el camino que se abre. Siento el calor de su pecho contra mis labios, la textura de su piel bajo mis dedos, la forma en que su respiración se vuelve irregular con cada botón que cae.
Caigo de rodillas. El suelo es duro, frío bajo mis piernas desnudas. Pero no me importa.
Él se rinde entero. Ella se pone de pie. Y justo entonces se abre la puerta.