Rubi estaba de pie frente al espejo. Luchando graciosamente con los lazos del vestido.
La prenda abrazaba su cuerpo como si hubiera sido creada específicamente para ella. El tono verde realzando el dorado de su piel y el castaño profundo de sus ojos. Pero lo que capturó la mirada de Daniel fue su espalda: expuesta, vulnerable, apenas cubierta por la tela suelta.
Ella lo vio a través del reflejo. Sus ojos se ensancharon por un instante. No con alarma, sino con una especie de reconocimiento. Como si hubiera estado esperando ese momento sin saberlo.
—Señor Daniel...
Pronunció su nombre con sorpresa y un temblor nuevo en la voz.
Y entonces, en lugar de cubrirse o mostrar pudor, sonrió.
Una sonrisa lenta. Consciente del poder que ejercía sobre él en ese preciso instante.
—Siga, entre y ayúdeme a amarrar el vestido. ¿No es bonito?
Él, un poco aturdido por la situación y por sus propios pensamientos atrevidos, entró. Cerró la puerta detrás de sí.
El clic de la cerradura resonó como un latido en el silencio de la habitación.
Rubi se colocó frente al espejo. Sosteniendo el vestido con una mano para cubrir sus pechos mientras recogía sus cabellos ondulados con la otra. Dándole espacio para que pudiera amarrar el lazo.
Daniel se acercó a ella con pasos medidos. Consciente de cada movimiento. De cada respiración.
El espacio entre ambos se fue reduciendo hasta desaparecer. El aroma de Rubi, una mezcla de vainilla y algo intrínsecamente suyo, lo envolvió como una invitación.
Notó cómo sus dedos temblaban ligeramente mientras él pasaba el lazo del vestido por su cuello.
—¿Está muy apretado?
Murmuró. Inclinándose ligeramente. De modo que su aliento acarició el lóbulo de su oreja.
Rubi negó con la cabeza. Sin palabras.
El roce de sus manos le cortó el aliento. Por un segundo, no pensó en nada.
Las manos de Daniel, en lugar de anudar el lazo, se demoraron en la tarea. Lo sostuvo mientras contemplaba la espalda desnuda de Rubi.
Algo en la respiración de Rubi había cambiado. Se había vuelto más superficial. Más rápida.
A través del espejo, sus miradas se encontraron. Él vio en los ojos de ella que ya no había vuelta atrás.
El vestido cae. Y nadie vuelve a fingir que esto era por los lazos.