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Lectura anticipada | Jacaranda II

Dos mujeres. Dos hombres que lo controlan todo. Una condición: no desaparecer.

Lee Jacaranda II gratis y dime la verdad en una reseña honesta.

Te lo envío directo a tu correo. Si te atrapa, si te incomoda o si te rompe algo, quiero saberlo.

  • 2 romances completos
  • Calor explícito
  • +18 público adulto
  • Una tarde por historia

Lo que vas a leer

Una casa fría junto al mar. Una sala de juntas en la ciudad.

Puedes entrar sin leer el volumen anterior: cada historia empieza, arde y termina aquí.

Rubi teme que un anillo la apague. Valeria teme partirse en dos. Ninguna acepta amar a costa de sí misma.

El Encanto de la Yara

Jefe y empleada · playa de Uruguay · duelo y deseo

Rubi llegó a Punta del Este a hornear en una casa ajena, buscando un lugar donde el dolor no la conociera. Daniel controlaba empresas, reuniones y silencios. No pudo controlar lo que sintió cuando ella entró por su portón.

Él le regaló un vestido verde. Ella le devolvió un futuro.

El Juego de los Larraín

Cliente y ejecutiva · alta sociedad · embarazo inesperado

Valeria fue a conquistar un contrato. Esteban Larraín terminó conquistando su control. Después llegaron su madre, un conflicto de interés que le costó el proyecto y un embarazo de gemelos que ningún plan contemplaba.

Él no estaba listo. Ella tampoco. Pero decidieron tener miedo juntos.

Un pedazo de cada una

No me creas. Lee.

Elegí dos escenas donde la tensión ya no se puede disimular. Las dos paran justo donde tú querrías seguir.

El Encanto de la Yara

El vestido verde

Rubi estaba de pie frente al espejo. Luchando graciosamente con los lazos del vestido.

La prenda abrazaba su cuerpo como si hubiera sido creada específicamente para ella. El tono verde realzando el dorado de su piel y el castaño profundo de sus ojos. Pero lo que capturó la mirada de Daniel fue su espalda: expuesta, vulnerable, apenas cubierta por la tela suelta.

Ella lo vio a través del reflejo. Sus ojos se ensancharon por un instante. No con alarma, sino con una especie de reconocimiento. Como si hubiera estado esperando ese momento sin saberlo.

—Señor Daniel...

Pronunció su nombre con sorpresa y un temblor nuevo en la voz.

Y entonces, en lugar de cubrirse o mostrar pudor, sonrió.

Una sonrisa lenta. Consciente del poder que ejercía sobre él en ese preciso instante.

—Siga, entre y ayúdeme a amarrar el vestido. ¿No es bonito?

Él, un poco aturdido por la situación y por sus propios pensamientos atrevidos, entró. Cerró la puerta detrás de sí.

El clic de la cerradura resonó como un latido en el silencio de la habitación.

Rubi se colocó frente al espejo. Sosteniendo el vestido con una mano para cubrir sus pechos mientras recogía sus cabellos ondulados con la otra. Dándole espacio para que pudiera amarrar el lazo.

Daniel se acercó a ella con pasos medidos. Consciente de cada movimiento. De cada respiración.

El espacio entre ambos se fue reduciendo hasta desaparecer. El aroma de Rubi, una mezcla de vainilla y algo intrínsecamente suyo, lo envolvió como una invitación.

Notó cómo sus dedos temblaban ligeramente mientras él pasaba el lazo del vestido por su cuello.

—¿Está muy apretado?

Murmuró. Inclinándose ligeramente. De modo que su aliento acarició el lóbulo de su oreja.

Rubi negó con la cabeza. Sin palabras.

El roce de sus manos le cortó el aliento. Por un segundo, no pensó en nada.

Las manos de Daniel, en lugar de anudar el lazo, se demoraron en la tarea. Lo sostuvo mientras contemplaba la espalda desnuda de Rubi.

Algo en la respiración de Rubi había cambiado. Se había vuelto más superficial. Más rápida.

A través del espejo, sus miradas se encontraron. Él vio en los ojos de ella que ya no había vuelta atrás.

El vestido cae. Y nadie vuelve a fingir que esto era por los lazos.

El Juego de los Larraín

El escritorio de Grecia

—Aquí no. Si mi madre nos ve… va a incendiar la ciudad.

Murmura, grave.

—¿Y qué? ¿Le tienes miedo?

Pregunto, tocando justo donde duele. Frunce el ceño pero no retrocede.

—No es miedo. Es respeto.

Ese respeto es su ruina y mi ventaja.

—Entonces dejémoslo así.

Digo, soltándolo. Doy un paso atrás, pero no llego lejos. Su mano rodea mi muñeca con una fuerza contenida, medida. Esa fuerza que nace justo antes de que un hombre pierda el control.

Me jala hacia él y me besa. El beso llega como una decisión tomada hace mucho. Tiene sabor a decisión, a deseo, a peligro. Me muerde el labio apenas, como quien tantea la frontera entre el autocontrol y la entrega.

—Vamos a mi cuarto.

Susurra, todavía pegado a mi boca.

—No. O aquí… o nada.

Respondo sonriendo. Entonces ocurre. Se quiebra de la forma más hermosa. Lo empujo suavemente contra el escritorio de Grecia. Sus manos me buscan de inmediato, urgentes, temblorosas, como si llevaran días esperando permiso para existir.

Me acerco y lo rozo. Lo siento reaccionar bajo la tela: caliente, vivo, imposible de ignorar. Exhala un gemido bajo que se ahoga entre nuestros labios. Desabrocho su cinturón despacio, saboreando cada segundo de su rendición. Su respiración es un incendio contenido.

Cuando lo libero, la mandíbula se le tensa y sus manos no saben dónde ir. Se muerde el labio, y ese gesto me atraviesa como un disparo. Me acerco a su rostro y respiro cerca de su oído, sintiendo cómo se eriza su piel bajo mi aliento.

Bajo por su mandíbula, la muerdo con delicadeza, con la certeza de provocar. Recorro su cuello, lo beso, absorbo su aroma: dulce, cítrico, con un rastro de madera. Huele a hombre despierto, a piel caliente, a deseo sin filtro.

Busco su boca, la abro… pero cuando intenta tomarme, me retiro apenas. Lo miro. La oscuridad en su cara ya no intenta ocultarse. Pero mi boca desobedece y se entrega. Su beso me posee entera. Mientras su boca parece querer quedarse con mi alma, mis manos lo toman desprevenido, lo recorren, lentas, conscientes, decididas a tocarlo todo.

Mi mano izquierda desabrocha su camisa y mi lengua sigue el camino que se abre. Siento el calor de su pecho contra mis labios, la textura de su piel bajo mis dedos, la forma en que su respiración se vuelve irregular con cada botón que cae.

Caigo de rodillas. El suelo es duro, frío bajo mis piernas desnudas. Pero no me importa.

Él se rinde entero. Ella se pone de pie. Y justo entonces se abre la puerta.

Si quieres las dos completas, respóndeme y te las envío.